Un blog personal sobre el carril bici que une Tres Cantos con Madrid y Colmenar Viejo.

jueves, 11 de octubre de 2012

Víspera de la carrera más larga

Mañana es el día más importante del entrenamiento del maratón que voy a correr en Dublín: ¡la carrera más larga! En contra de lo que yo pensaba, décadas de estudios, pruebas y errores en entrenadores de maratones, la carrera más larga no es tan larga como el maratón en sí. Son unos 30 kilómetros. Después toca "descansar" (que en realidad consiste en seguir corriendo varias veces a la semana, pero sin machacarse mucho) hasta el día del maratón.

Yo ya me he trazado un plan: voy a hacer Tres Cantos - El Boalo, pasando por Colmenar Viejo y Manzanares el Real, en total 32 kilómetros. Unas tres horitas de... em... no sé cómo llamarlo, pero placer desde luego no. Llamémoslo sensaciones. Ya he quedado con amigos que van a ir allí a esperarme. No escribo más porque quiero dormir bien.


Iglesia de San Sebastián Mártir, en El Boalo [Fuente: Wikipedia]

Os tendré informados ;)

lunes, 1 de octubre de 2012

Solución al problema de física eynariana

Cuatro lectores participaron en el problema de física eynariana. De ellos, tres aportaron soluciones (Xusmitronchi hace una pregunta a última hora, pero me temo que no llegará a tiempo para dar una respuesta). De estos tres,

  • la solución de Verdinha no vale, porque miró la respuesta al final del libro :P
  • Por otro lado, Oli propone una solución, pero tiene toda la pinta de ser la típica respuesta que uno se inventa en un examen a ver si cuela (oye, si cuela cuela, jeje).
  • El comentarista anónimo hace un laborioso estudio, de donde le salen dos soluciones: 1) montar en rodillo y 2) cinta de correr o gimnasio. En teoría la cinta de correr es posible, pero en la práctica tiene una delta de Dirac en la función gastos mensuales de Eynar. Podría compensar si fuera de uso regular, pero para una ocasión aislada como esta no sale práctico. Por otro lado, el gimnasio tampoco es aplicable, porque incluso si admitieran a Bebé, sería un dolor de cabeza tener que andar detrás de él cada vez que quisiera tocar un enchufe.

Primero explicaremos el problema, por si algún lector se quedó descolgado. "Traducido" viene a ser que Verdinha se va de viaje unos días y Eynar se queda él sólo con Bebé. Eynar tiene su primer maratón en poco más de un mes, y esto significa que la agenda de entrenamiento está comprimida a más no poder y no se puede perder ni un día sin arriesgarse a que le salga mal el maratón (es decir, para ser claros, que se lesione, lo cual no tiene ninguna gracia).

El comentarista anónimo encontró dos soluciones, pero en la práctica no se podían aplicar. Sin embargo, en el espacio complejo, y aplicando series de Laurent, podemos encontrar un conjunto de soluciones que son «correr con carrito de niño». La aplicabilidad de estas soluciones en el mundo real tiene un riesgo que es función del precio del carrito: cuanto más barato es, mayor es la probabilidad de que se descuajaringue entre los kilómetros 0 y 10. El carrito en cuestión no estaba especialmente preparado para correr, pero era suficientemente resistente como para intentarlo (no sin llevar encima un bonobús, por si había que volver con el carrito en dos piezas).

El resultado fue una carrera de 10 km estupenda por el carril bici entre Tres Cantos y El Goloso. Hacia el km 3 Bebé se quedó frito aunque no fuera la hora de dormir, probablemente por el vaivén del carrito. Durante la carrera observé dos expresiones faciales en los ciclistas que me crucé: unos estaban entre la sorpresa (uy, un corredor con carrito) y la indignación (ya es lo que faltaba), otros estaban entre la simpatía («da gustio verlo», me comentó un ciclista mientras veía a Bebé durmiendo a pierna suelta) y la complicidad (alguna chica me levantó el pulgar como diciendo «qué guay»). Creo que no dejé a nadie indiferente.

Sólo paré un momento en el km 5 para sacar una foto. Y como una imagen vale más que mil palabras (y ya llevo 506), os dejo con la imagen.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Problema de física eynariana

Os propongo un problema de física. Este es el enunciado (la solución en la siguiente entrada):

Sea Eynar (por poner un nombre cualquiera) un corredor aficionado que se está preparando para correr s = 42 195 metros dentro de t = 36 días.

Sea Bebé (por darle otro nombre) otro individuo nacido hace t = menos de 2 años.

Sea Verdinha (seguimos dando nombres al azar) el otro individuo (bueno, en este caso, individua) que se ocupa de Bebé junto con Eynar.

Eynar prepara la distacia s que va a correr teniendo en cuenta una función conocida f(w) = k, donde w son las semanas que faltan para correr la distancia s, y k los kilómetros que tiene que correr a lo largo de dicha semana para no lesionarse el día que corra la mencionada distancia s.

Se da el caso de que f(6) = 45. Hasta aquí todo bien.

Ahora añadimos teoría de perturbaciones para hacerlo interesante. Como perturbación se coloca a Verdinha a una distancia dV = 1099 km durante tV = 5 días, cuando la semana es w = 6.

¿Cuál es la solución para evitar que la función f(w) = k tenga una discontinuidad en w = 6?

Si alguien sabe alguna solución... ¡aprovechad los comentarios! También sirven para preguntar dudas ;)

lunes, 17 de septiembre de 2012

Preparándome para el Gran Mamporro

Según la RAE, la primera acepción de maratón es «en atletismo, carrera de resistencia en la que se recorre una distancia de 42 km y 195 m.»

Sin embargo, yo, personalmente, disiento un poco (que sí, que las definiciones de diccionario tienen que ser así, escuetas y claras, pero dejadme que añada mi reflexión, caramba). Eso es sólo la punta del iceberg. Es como decir que un premio Nobel es alguien que ha recibido dicho premio sueco. Pues técnicamente sí, pero no se lo dan a cualquiera, cada uno tiene una historia detrás, y es por esa historia por lo que se lo dan.

Un maratón es mucho más. Es, sobre todo, la preparación que hay detrás de cada corredor. Por eso, para mí, un maratón en realidad es una carrera de unos 4000 km a recorrer durante varias semanas, en las que sólo se miden los últimos 42. Esos últimos 42 km son el Gran Mamporro que se lleva el cuerpo por correr esa distancia. Según la RAE, mamporro significa «golpe, coscorrón, puñetazo». Un maratón es un poco eso. Uno le da un meneo al cuerpo, y la preparación que lleva hace que el cuerpo reaccione de una forma u otra.

Muchas personas que corren el maratón por primera vez (como yo) se ponen como objetivo simplemente terminarlo. Sin embargo, hay que añadir un matiz a este objetivo: terminarlo sin lesiones. Especialmente sin lesiones permantentes. No es poca cosa. Muchos conseguirían terminar un maratón, pero ¿a qué precio?

Hasta el 29 de octubre no podré hablar mucho de esto de primera mano, pero al parecer la complicación principal reside en este matiz de no lesionarse. Ahí es clave el entrenamiento. Yo apenas voy a tener siete semanas, porque hasta hace poco no sabía que iba a correr este maratón, pero no estoy muy preocupado, porque tampoco empiezo desde cero (hace poco hice mi mejor marca personal en los 10 km, y he corrido ya cinco medias).

Pero hay que ser muy disciplinado y no perder ni un entrenamiento. Y esto está llevando a anécdotas que iré contando.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Maratón en el horizonte

Grandes y nuevas noticias (para mí): en los próximos 50 días, muchas de mis actividades, mucho de lo que coma, de lo que corra, de lo que deje de correr... van a estar condicionados para preparar el [redoble de tambores] maratón de Dublín [aclamaciones y gritos de júbilo].

Al final todo apunta a que me voy a poder apuntar (no sé si vale la redundancia, pero me lo apunto), así que si no me lesiono durante los duros entrenamientos (50 días son siete semanas dicen por ahí), que espero que no, ahí nos veremos cara a cara los cuarenta y dos kilómetros y yo. Es muy poco tiempo, pero también es cierto que no parto de cero.

A pesar de que llevo unos cuantos años corriendo, este es el primer maratón que me planteo hacer en serio, y estoy con muchas ganas.

He planeado la carrera larga de antes del maratón, ya os contaré más de cómo va la cosa. Por supuesto, como no podía ser de otra forma en el autor de este blog, casi todos los entrenamientos serán por el carril bici que une Madrid con Tres Cantos, Colmenar Viejo y un poco más allá.

Os dejo con una foto de lo que probablemente vea hacia el km 2 (pero con menos gorros verdes, porque no será en San Patricio). Es la calle O'Connell (no, O'Donnell no, O'Connell), y el pincho que hay al fondo es el Spire.


Día de San Patricio en Dublín, 2007

sábado, 1 de septiembre de 2012

MMP en la Laguna de Santo André (Portugal)

[Nota: MMP = Mejor Marca Personal... no vaya a ser que alguno piense que es alguna otra cosa]

Los seguidores de este blog saben que el autor (o séase, yo), asiduo corredor del carril bici entre Tres Cantos y Madrid, llevaba rato intentando mejorar su mejor tiempo en los 10K.

Si mi casa fuera un país independiente ostentaría el récord nacional (nota: por «mi casa» se entiende «mi piso», porque si incluimos a la comunidad de vecinos ya me quedaría sin ostentarlo). Pero por azares del destino, no es así, con lo que mi mejor tiempo es bastante modesto. Hasta hace poco, mi mejor tiempo era de 44:59, lo justito como para poder decir que rompí la barrera de los 45. Llevaba tres años sin alcanzarla, y eso ya no podía ser. Así que me dediqué a hacer series una vez a la semana. Poco a poco empecé a tener resultados, y en junio me quedé a apenas ocho segundos de mi mejor tiempo, en la Korregato.

Así iban las cosas cuando nos fuimos a Portugal de vacaciones. Nuevos recorridos para pisotear, y nuevas carreras por buscar. Pero... ups, con el verano encima, no había mucho donde elegir. Busqué una carrera que no estuviera muy lejos, y así me encontré con una que iba a tener lugar el 14 de julio en la Laguna de Santo André.

No tenía ni idea de lo que era la laguna esta, pero la verdad es que es estupenda. Aquí os pongo un par de fotos para amenizar y entrar en contexto (no os vayáis que sigo abajo):


La laguna de Santo André


Entre la marisma y el pueblo

Chulo, ¿verdad? Pero resulta que el transporte público allí era bastante inexistente. Sin embargo, con el patrocinio inestimable de mi suegra, que puso coche y chófer, fuimos a pasar allí el día. Incluso conseguí que Verdinha se apuntara a la marcha previa de seis kilómetros.

Este era el ambientillo en el lugar poco antes de la carrera:


Ambiente previo a la carrera

Y este es el superhéroe:


Listo para meterle mano a mi mejor tiempo en 10K

La carrera era muy sencilla: un recorrido de ida y vuelta por la carretera que unía el pueblo con el resto del mundo (con un breve desvío en el km 7 o así), con apenas una subida al pincipio y otra en el medio, acabando en bajada.

Cometí el error de meterme entre la multitud al final, con lo que mi kilómetro más lento fue el primero. Los kilómetros del segundo al cuarto los hice a alrededor de 4:20, lo cual para mí es impresionante. Por un momento hasta pensé que iba a lograr antes de tiempo mi (ya famoso) objetivo de correr 10 km a 7 minutos por milla (la razón de que sea en millas no está relacionado con que el objetivo sea previo a la existencia del sistema métrico decimal, pero casi casi podría ser así). Sin embargo, luego me atasqué. La cuesta que había a la mitad del recorrido me hizo perder más segundos de los que me hubieran gustado. ¡Ay de mí! Pero todavía había esperanza. Echando cuentas vi que podría bajar de 45 si apretaba en el último kilómetro.

Así que puse todo el glucógeno en el asador (perdón, en mis piernas) y corrí todo lo que pude, haciendo el último kilómetro a 4:05.54 y con un estupendo tiempo (para mí) de 44:49.90.

Esto fue hace ya mes y medio. Desde entonces, con el calor del verano, aunque no he parado de correr (bueno, sí, diez días por una visita que tuvimos que nos desencajó un poco los horarios), he perdido un poco de forma. Pero llega el momento de atacar al famoso objetivo de hacer 10 km a 7 minutos por milla. Me he puesto de fecha límite el 28 de abril, que es cuando termina el heptón (conjunto de siete quinquetas), pero eso queda muy lejos, espero conseguirlo antes de navidades. ¡Seguiremos informando!

domingo, 19 de agosto de 2012

Discurso político sostenible

Um, veamos dos fotos, a ver qué os sugieren:



Como podéis ver, en ambas aparece un señor a la derecha con un micrófono y unos cuantos escuchando a la izquierda. Parece como alguien dando una charla. Si fuera en una sala cerrada, los oyentes llevaran banderitas y el señor que habla llevara una corbata y tuviera un atril, tendría pinta de discurso político.

Sin embargo, no hay corbata, no hay atril, y es en un espacio verde y abierto. Eso sí, aunque no se ve en la foto, algunas banderitas sí que hay. Pero quizá llamen más la atención los dos señores en bici que hay junto al señor que habla. ¿Qué es?

Pues sí, a pesar de las diferencias, es un discurso político. Pero es un discurso político diferente, porque en lugar de tratarse de un partido al uso, se trata de Equo. Para mí, lo que más marca la diferencia es que es un discurso sostenible, y no sólo por lo que se dice: los señores que van en bici, están pedaleando para hacer rodar las dinamos que dan la corriente a los altavoces y que se oiga lo que dice el señor descorbatado.

No es que gasten mucha electricidad los altavoces, si lo comparamos con lo que puede gastar una fábrica de coches. Y lo que se ahorra en aire acondicionado por estar al aire libre tampoco es mucho si lo comparamos con lo que pueden gastar las Cuatro Torres en climatización. Pero por algo se empieza, aunque sea sólo un gesto.

El pasado 4 de junio Equo cumplía un añito. Lo hemos celebrado en el lugar en que se leyó el manifiesto «Suma y sigue», el 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, de 2011. El año pasado todavía estábamos aprendiendo, y los discursos fueron un poquito más cronometrados, porque se nos acababa la batería para los altavoces. Este año sabíamos que mientras tuviéramos pedaleantes no habría problemas.

Como todo en la vida, tienes que seguir pedaleando para no caerte. Y a veces, viendo cómo se desmoronan muchas cosas a nuestro alrededor en los últimos meses, me pregunto si cambiará algo en nuestro país. En otros lugares como el estado alemán de Baden-Wurtemberg tienen un presidente de un partido equivalente, y no les va nada mal, mientras que aquí tenemos... lo que tenemos. Por suerte las cosas van cambiando, a Equo le faltó muy poquito para obtener un diputado por Madrid en las pasadas elecciones.

Algunas personas dieron un breve discurso y depués hubo una fiesta que fue muy animada gracias a la participación de un pequeño concierto del grupo La Malarazza, autodefinido como italomadrileño.


Esta última foto es cortesía de Verdinha, que fue suficientemente rápida como para usar su cámara cuando a la mía se le acabó la batería (eso me pasa por no enchufarla a la bici, en casa del herrero...).

domingo, 5 de agosto de 2012

No al chaleco reflectante obligatorio para peatones


Recientemente en la República de Bananolandia, el Ministro del Interior de dicho país señaló que todos los peatones tendrían que llevar un chaleco reflectante obligatorio en zonas urbanas.

El hecho, sin precedentes en todo el continente, conmocionó a los colectivos de peatones y a las asociaciones de andadores. Muchos alegaban que, si bien el chaleco reflectante tenía su utilidad en las carreteras interurbanas, carecía totalmente de sentido obligar a los peatones a llevarlo en zonas urbanas. Se mantenía que, si bien en algunos casos había accidentes en los que los más perjudicados eran precisamente los peatones, la mejor forma de minimizar dichos accidentes era reduciendo la velocidad en ciudad de los vehículos a motor, aumentando las zonas exclusivamente peatonales, obligando a los conductores a respetar las normas básicas de tráfico, y una serie de medidas bien conocidas por quienes estaban interesados en el tema.

Sin embargo el Ministro, poco conocedor de la realidad de los peatones (dado que iba en coche oficial en todos sus desplazamientos, y el pan siempre iba a comprarlo algún empleado o empleada suyo), en lugar de informarse acerca de la situación en otros países y de la verdadera utilidad de llevar un chaleco reflectante, fue adelante y prohibió salir a la calle sin él.

Durante un tiempo, en la República se multaron a los peatones que no llevaban el chaleco homologado. Con el tiempo, la cantidad de peatones se redujo. De vez en cuando se veía al dueño de un perro paseando a su mascota, porque no tenían más remedio. Algunos tragaron con ello, y se pusieron el chaleco para ir a comprar el pan o incluso para ir a trabajar, pero la gran mayoría prefería ir en coche a todas partes, con tal de ahorrarse alguna multa. Con el tiempo, los Ayuntamientos vieron innecesaria la existencia de aceras, y paulatinamente fueron deshaciéndose de esta infraestructura con poco uso en sus ciudades. Lo mismo les pasó a los molestos pasos de cebra (que sólo servían para entorpecer el tráfico cada vez que el dueño de un perro quería llevar al animal al otro lado). Los únicos comercios que sobrevivieron fueron los de los grandes centros comerciales (esos que tenían aparcamiento, y que no hacía falta convertirse en peatón para llegar a ellos).

Pero el principal problema no era tanto la falta de infraestructuras, o la precariedad de las mismas, como que al haber tan pocos peatones, los conductores no sabían muy bien cómo reaccionar cuando veían a uno. Por otro lado, al carecer de pasos de cebra y de aceras, aquellos que tenían el coche en el mecánico y no tenían más remedio que acercarse a la parada de autobús a pie, tenían que pasar por calles muy peligrosas, con coches que iban a gran velocidad. A su vez, los peatones que había eran casi todos peatones ocasionales (de los que iban a pie una vez al mes o así), y solía ser porque su vehículo no estaba disponible; esto implicaba que los propios peatones, por falta de costumbre, dejaron de manejarse bien en las calles: algunos cruzaban sin mirar a ambos lados (algo que antes solía ser las primeras cosas que se enseñaba a los niños), otros no eran conscientes de la distancia de seguridad de los coches. Un lío.

Con el tiempo, el efecto fue precisamente el contrario al deseado por el Ministro: si bien había menos peatones, los accidentes (y los accidentados) aumentaron. Sí, los peatones casi siempre llevaban el chaleco, pero no era de mucha utilidad si se les echaba encima un coche a 50 km/h (o, generalmente, más).

Al final, otro Ministro que había viajado más y había visto más mundo, se dio cuenta de que en otros países ir a pie a los lugares era una cosa totalmente normal, que allí tenían muchos menos accidentes porque había menos coches, y los conductores que había sabían perfectamente cómo manejarse con los numerosos peatones que llenaban las calles. Así fue como el nuevo Ministro decidió que el chaleco reflectante dejara de ser obligatorio, y en su lugar pidió a los Ayuntamientos que hicieran ciudades más amables, menos orientadas a vehículos.


Esta historia es pura ficción. Pero si cambias «chaleco reflectante» por «casco», «peatón» por «ciclista urbano», y «República de Bananolandia» por «España», milagrosamente verás como se convierte en un relato mucho más próximo a lo que estamos viviendo.

Nótese que el autor de este blog recomienda el uso del casco, y que, de hecho, se ha visto beneficiado al menos una vez por haberlo llevado. Sin embargo, una cosa es recomendar y otra es obligar. Por otro lado, el casco de ciclista tiene su utilidad para situaciones concretas (como caerse de la bici y darse con un bordillo, o encontrarse un árbol caído en medio del campo), pero sirve de bien poco si te atropella un coche (y da una falsa sensación de seguridad a quien lo lleva puesto). Lo ideal para el ciclista es que el coche no llegue a atropellarle, algo en lo que parece que tienen más experiencia en otros países (tanto ciclistas como conductores).

Quien quiera más información, tiene un montón de páginas por ahí (como esta, pero es sólo un ejemplo).

viernes, 13 de julio de 2012

Conociendo a Joaquim Agostinho

Esta entrada relata la historia entre un corredor popular bloguero (que no es lo mismo que corredor bloguero popular) y un ciclista de élite.

Empecemos por lo segundo.

Había una vez un campesino portugués de Torres Vedras de origen humilde (como pasa con muchos campesinos). Hasta los 25 no se había especializado en ningún deporte, pero el tío debía de estar bastante cachas, no se sabe si era de tanto darle a la azada o si de correr de un lado para otro en la guerra de Mozambique (que por entonces la mili no era ninguna tontería). Le dio al ciclismo como podía haberle dado a la esgrima. Pero como tenía un amigo ciclista, en lugar de un florete le dieron una bicicleta (al menos eso dicen), y dejó impresionados a quienes le vieron.

Ahí le vio un francés con bastante ojo, que se lo llevó a dar vueltas y tures, y empezó a ganar etapas. Y, aunque nunca llegó a ganar ninguna Vuelta ni ningún Tour, se quedó muy cerca. Más cerca que ningún otro portugués hasta la fecha. Así que bien se podría decir que era el Induráin de poniente.

Pero, ironías de la vida, tras haber sobrevivido al frente de la guerra de Mozambique, que seguro que era más peligroso que ir en bici por la calle, estando en una carrera (la primera en la que participaba después de cinco años de retiro), a pocos metros de la meta, se cruzó con un perro al que no le habían explicado lo que se cocía. Del perro no se sabe cómo acabó, pero de Joaquim Agostinho sabemos que se partió la cabeza en el accidente. Con ayuda, y con la cabeza abierta, logró terminar los últimos metros a duras penas. No llevaba casco (y diréis que soy un pesado, pero a las velocidades que alcanza un ciclista profesional justo antes de llegar a meta...) y la fractura debía de ser importante porque tuvieron que ingresarlo. Falleció a los pocos días.


Estatua conmemorativa en homenaje a Joaquim Agostinho en su ciudad natal


Cuando estaba en pleno auge, en su ciudad natal se hizo una competición de ciclismo internacional que circulaba en varias etapas por los alrededores (aquí más información sobre el troféu).

Ahora vamos con la segunda parte de esta historia.

Había una vez un corredor aficionado tricantino que se apuntaba a muchas carreras populares. Tenía también un blog. Se había propuesto correr 10 kilómetros a 7 minutos por milla para el 26 de agosto. La fecha no era muy buena por los calores, pero tenía la ventaja de que se iba de vacaciones cerca del mar, a Portugal, y ahí hacía más fresquito. Puesto que le sobraban unos kilos, el objetivo mencionado le resultaba complicado (tenía que hacer los 10 km en 43:30, cuando sólo una vez había conseguido bajar de 45), con lo que decidió dividirlo en objetivos más asequibles. Y no le iba mal, porque entrenando y haciendo series consiguió correr una carrera en 45:07.

Se apuntó a una carrera en Portugal, no muy lejos de Lisboa. A dos días de la carrera, tocaba hacer el último entrenamiento. Para ello se puso a mirar meticulosamente los mapas de google para conocer la zona, y encontró una ruta muy interesante. Había que subir mucho al principio, pero luego era mucho más fácil. Tras dedicar el mismo tiempo a preparar la carrera que el que iba a emplear en correr, se calzó las zapatillas y se lanzó a la calle.

El tiempo era agradable, aunque con mucho viento. Lo que le sorprendió a nuestro corredor era que la calle estaba cortada. Como en Madrid cuando hay manifestaciones (últimamente muchas). Pero siguió adelante, pensando en los doce kilómetros que tenía al frente. Al cabo de un kilómetro, en una rotonda, comprendió por qué la calle estaba cortada: parece que había una carrera de ciclismo. Un ciclista iba subiendo a lo lejos con un coche detrás asistiéndole (animándole, vaya). Pero no pasa nada, cuando pase el pelotón la cosa se tranquilizará. Pidiendo permiso a un policía, continuó su carrera por donde le indicaba el circuito. Al poco rato, pasó un ciclista como una bala con otro coche detrás. La gente estaba asomada a las ventanas de las casas y a las puertas de las tiendas para ver la prueba. Cuando pasó el ciclista, lo único que tenían para mirar era el corredor popular este que iba en dirección contraria. Al salir del pueblo, llegó otro ciclista como una bala (como para ellos era cuesta abajo, iban muy rápido, a sesenta o más por hora). Era una contrarreloj. La cosa dejó de tener gracia a la salida del pueblo: la carretera se estrechaba y había algunas curvas. En el mapa de google quedaba más bonito. Pasó otro ciclista muy veloz y muy cerca. Quién me iba a decir que me iba a dar más miedo un ciclista que un coche. Y bueno, detrás del ciclista venía el coche. Y no miraban por donde iban (es que si se trata de una carrera).


Dice el cartel: «Fue aquí en el circuito de Barro, en Navidad de 1967, cuando Joaquim Agostinho corrió por primera vez e mostró su gran talento»


El corredor estaba un poco confuso, y sobre todo, contrariado. La carrera más importante antes del gran día, y no podía correr por donde quería. Pero la seguridad era lo primero. Así que nuestro corredor dio media vuelta, y, con cuidado por los ciclistas que seguían pasando regularmente cada dos minutos, salió del circuito bajo la mirada extrañada de los espectadores. Empezó a correr aleatoriamente por el pueblo, sin saber muy bien por dónde ir, porque no había preparado el circuito. Aquí se le acababa una acera, aquí empezaba una autovía, aquí estaba lleno de semáforos... Al final, cansado de dar tumbos de un lado para otro, decidió volver a casa con apenas 35 minutos recorridos.

Entonces, nuestro corredor popular, curioso por lo que había sucedido, miró internet, se enteró de toda la historia, y como además de corredor (y ciclista urbano) era bloguero, decidió relatar lo sucedido en su blog a modo de homenaje a aquel ciclista. Y no menos contento de haber dado media vuelta y no haber acabado montando un follón tremendo como aquel perro hace 28 años (el cual se debió de sentir como nuestro corredor bloguero, porque a él tampoco le habían dicho lo que pasaba y no debía de entender qué hacían esos ciclistas yendo a toda leche por la ciudad).

miércoles, 4 de julio de 2012

Objetos perdidos en el carril bici

Hace algunos días me sorprendió la iniciativa de un compañero ciclista a quien no conozco pero que felicito desde aquí si está leyendo estas líneas.

Vayamos por partes.

Entre El Goloso y Tres Cantos hay una cuesta que si te la haces un fin de semana suelto, pues bueno, ni la notas, pero si te la haces dos veces al día acaba por parecer un grano en el pie. Yo la llamo la PGC (por Puñetera Gran Cuesta, aunque esto es un eufemismo, cuando la veo acercarse tiene un nombre ligeramente distinto). Otros ciclistas la llaman El Mortirolo, en alusión al Mortirolo original, supongo. Para que os ubiquéis os pongo un mapa (la flecha verde indica el lugar):


Ver el Mortirolo tricantino en un mapa más grande


(Las cuestas no me fastidian especialmente, pero esta en concreto me resulta como un grano en el pie, más que nada porque no comprendo por qué existe como tal: perfectamente se podría haber hecho el carril bici a pocos metros esquivando la subida).

Bueno, me estoy yendo por las ramas. Al grano.

El hecho es que hace unos días, pasando por ahí, vi esto:



Pasando así de largo no caí en la cuenta de lo que era, pero más tarde, a la vuelta, me fijé mejor, y vi lo que era:



El cartel pone: «llaves y cosas perdidas - dejar aquí».

Caramba, ¡un lugar para objetos perdidos! ¡Qué buena idea! Así que ya sabéis, ya que alguien ha sido tan majo de tener la idea, aprovechadlo.